Revista Éxito y Pensamientos Success and Thoughts Magazine
Revista Éxito y Pensamientos                                            Success and Thoughts Magazine                                                                     

Obras  Literarias  de  Éxito:   Cuentos y Relatos IV./   Successful Literary Works: Tales and Stories IV.

Disfruta de “Llamada Interrumpida”, el inquietante y revelador relato del libro "La Libélula" de Felicitas Rebaque.

Llevaba un buen rato despierto. El sueño se había alejado empujado por la niebla del amanecer.  Se resistió a dejar la cama. Disfrutó del momento dejándose llevar por el rumor de las olas, evocando recuerdos perdidos en su memoria,  la voz de su madre susurrando nanas, quedito, quedo.  Se sintió niño de nuevo, seguro, feliz, libre al fin.

Alargó la mano y cogió el móvil de la mesilla; se aseguró que estaba encendido y que tenía cobertura. Miró la hora: las nueve y diez; tardaría por lo menos una hora en llegar.

Estaba impaciente. Por primera vez en muchos años era libre, por primera vez en muchos años iba a vivir como siempre soñó, con la mujer que amaba más que a sí mismo, más que a nada en el mundo.

El precio por su libertad, muy alto: abandonar  su casa, que no su  hogar; romper con la  mujer con la  que había convivido, desde hacía años, ignorándose cordialmente. Enfrentarse a  la incomprensión de su familia, a  la de sus propios hijos. Dejar la seguridad de un trabajo monótono en el que se sentía atrapado, un trabajo que le convertía en un hombre gris y aburrido.

 Había roto con su vida anterior. Había provocado una catarsis por dentro y por fuera, sin importarle demasiado las consecuencias,  pero por primera vez en muchos años, iba hacer lo que siempre deseó: escribir y  vivir cerca del mar. El valor necesario para desafiar a todos y a todo y retomar su destino a los 55 años, se lo había dado ella.

Volvió a mirar la hora, las nueve y media. El móvil  continuaba en silencio. No tenía porqué sonar, era demasiado pronto. Habían quedado que cuando estuviera al llegar llamaría y él saldría a su encuentro.

La  luz del sol  entraba por la ventana de la habitación desdoblándose en matices tornasolados, dando a la estancia una atmósfera muy especial. Deseó que ese efecto no desapareciese hasta que ella llegara. Ya debería de estar en camino.

El murmullo del mar y su impaciencia le hicieron levantarse. Se dio una ducha rápida; el agua fría le templó los nervios. Se vistió con ropa cómoda e informal. Adiós a los trajes y a las corbatas. Se sentía como un adolescente dispuesto a comerse el mundo y a emprender la mayor aventura de su vida. Unos golpecitos en la ventana le sobresaltaron y  le sacaron bruscamente de sus pensamientos. Una gaviota se había posado en el alféizar y picoteaba insistente en el cristal.

— ¡Qué extraño!”— pensó—. No suelen nunca ser tan atrevidas.

Abrió de par en par la ventana y la gaviota alzó el vuelo. La estuvo mirando alejarse y reunirse al poco con algunas de sus compañeras. Inspiró profundamente dejando que la brisa marina le diera los buenos días.

La mar estaba hermosa, el cielo la había vestido de tonalidades verdes; restos de la neblina del amanecer paseaban de puntillas sobre sus aguas, evitando mojarse con la espuma. En el cielo, jirones de sábanas blancas esperaban que el sol apareciera en el horizonte para terminar de secarse y recogerse. En la playa los más madrugadores esperaban sentados en la arena, y desde la ventana, mientras aspiraba la brisa del mar, él también esperaba.

¡Qué lentas trascurren las horas cuando tu deseo corre más deprisa que el tiempo! Miró nuevamente el reloj, marcaba las diez y cuarto. Cerró la ventana. Se dirigió a la mesilla y cogió el móvil. Quizás, mientras estaba en la ducha, había entrado algún mensaje, alguna llamada. Pero no, el móvil continuaba mudo.

Ya debería de haber llegado. Recorrió la habitación un par de veces, entró en el baño otras tres, y volvió a pasarse de nuevo el peine sobre ese mechón rebelde que le caía por la frente. 

Volvió a la sala, cogió el teléfono e hizo una llamada perdida a su antiguo despacho, sólo, para comprobar que el aparato funcionaba perfectamente.

Nuevamente, los golpecitos en la ventana le hicieron detenerse. Otra  gaviota, ¿o sería la misma?, se paseaba, por el alféizar de la ventana golpeando de vez en cuando con su pico el cristal. Interpretó este signo como de mal presagio y un pellizco de angustia le picoteó en el pecho.

—Díos mío —pensó—, me estoy comportando como un idiota.

 Se sintió ridículo y estúpido. Ella quedó que le llamaría cuando llegara. Le había dado bien la dirección, no había pérdida. Sería el tráfico, o habría retrasado su salida. Trató de tranquilizarse. La gaviota continuaba tras el cristal. Sus miradas se cruzaron hasta que ella emprendió de nuevo el vuelo.

 Entró en el dormitorio, arregló la cama, colocó en la estantería el libro que había estado leyendo, llevó a la cocina la copa de coñac que le ayudó a dormir la noche anterior, se sirvió un café, volvió a la sala  y regresó a la ventana. Desde allí, además del mar, se veía el pequeño camino que servía de acceso a la casa.

Pasó mucho rato mirando el ir y venir de la olas, el revolotear de las gaviotas. Mientras las seguía con la vista, pensaba e imaginaba lo que iba a ser su vida desde ese instante.

Las ideas para sus libros se acumulaban en su mente, y todos esos proyectos y sueños, tantos años retenidos y aparcados, tomaban forma y salían a la luz. E impregnando su existencia: ella, llenándolo todo con su presencia, con su amor. Ella, el motor y la razón de su vida y de su inspiración, la más valiente, la más osada, la que dejaba lujos y comodidades, la que dejaba a su marido para unirse a un pobre soñador, para vivir una vida, según sus propias palabras, auténtica, una vida de verdad.

El sonido del móvil le sacó de sus pensamientos. ¡Por fin!

— ¿Sí? ¿Dónde estás?... ¿Oye, estás ahí?

Nadie respondió. En la pantalla apareció el mensaje: “llamada interrumpida”.

Estaba empezando a marcar su número, cuando el móvil comenzó a vibrar avisándole de la llegada de un mensaje.

—“No puedo hacerlo, perdóname”

El móvil vibraba en su mano, él quedó inmóvil, incapaz de hacer ningún movimiento.

Una gaviota se estrelló contra el cristal de la ventana. En ese mismo instante, el móvil cayó al suelo.

Escribir comentario

Libro de visitas

  • Sara Martínez Ruiz (jueves, 18. octubre 2018 12:53)

    Hola! El viernes una amiga me habló de esta revista y hoy he decidido entrar. La he estado leyendo y la verdad es que me ha gustado mucho. Hay unos relatos muy, muy chulos, como este. Me ha encantado, de verdad!

Introduce el código.
* Campos obligatorios
David Perez. Relato corto inédito (2018).

El relato es más bien breve, corto. Todo se desarrolla en fracciones de segundos. La mujer llega hasta un tumulto de personas. Lleva una carta en la mano, la aprieta con fuerza, por el gesto más que una carta da la impresión de ser un puñal. Distingue su objetivo, se dirige hacia él con pasos firmes, decididos. Separa al hombre de la multitud, entablan una ligera discusión. No hay alteración en sus voces, dos o tres ademanes perdidos en el viento que dibujaban gráficamente lo convulso del lenguaje. Ella intenta marcharse, él la retiene. Afuera el resto supone, conjetura y mientras tanto ella sostiene su carta como blasón ardiente en sus manos, hasta que al fin se la entrega a quien la retenía a la fuerza. Todos vieron descender dos gruesas lágrimas por el rostro del hombre, soltar luego el brazo de la mujer y caer sobre una silla ancha con el respaldo deshecho. La mujer recogió su falda, se abrió paso en medio de la muchedumbre y montó sobre el Jeep que la había traído junto a un hombre mucho más joven que ella, dejando una humareda al final del camino. El que recibió la carta quedó abatido, agonizando de rabia. Nadie supo el contenido de la carta, ni el veneno que en su interior traía. Esta historia quedó como un enigma de amor y según se cuenta, es mejor no desentrañarlo, no cavar en su tumba.

Escribir comentario

Libro de visitas

  • Leonor Borrás Cabanillas (lunes, 24. septiembre 2018 17:43)

    Increíble. Es el MEJOR relato corto que he leído nunca. No sé si como el autor ha podido condensar una historia tan completa en apenas 200 palabras. Supongo que ahí radica la calidad de un buen relato corto. Me gustaría ñadir que entro a esta revista casi todas las tardes porque me fasdcina leer todo lo que publicáis, máxime si es literatura, que es lo que más me gusta. Gracias por publicar estas obras tan sublimes de la literatura universal de todos los tiempos.

  • Eva (martes, 25. septiembre 2018 04:41)

    Excelente relato.
    Con sus palabras es imposible no imaginarnos en otro mundo; al leer vivimos las letras que con tanto sentido ha escrito, alejándonos de éste inconcluso mundo.
    Éxitos para usted!

  • Charo Bernal (martes, 25. septiembre 2018 07:29)

    David eres un genio del relato breve. Nos demuestras que con pocos renglones se puede dibujar un cuadro en movimiento y emocionar con cada palabra y dejarte boquiabierto en el desenlace.

  • Juan Freddy Armando (martes, 25. septiembre 2018 19:53)

    Indudablemente que se trata de un excelente relato breve. Uno queda rompiéndose la cabeza por encontrar la solución, y vuelve a leer desde el principio, y sigue la duda, siguen las distintas posibilidades vibrando en la mente. Pero sea cual sea la solución, lo importante es que el narrador ha logrado seducirnos con un proceso tenso, alterado, de violencia gestual mutua entre hombre y mujer, y al final la derrota que supone la carta para el hombre. Ya lo ha insinuado bien David Pérez, el autor, cuando habla de que ella sostenía la carta como un puñal. Realmente lo era, por los resultados de la reacción del hombre. Como si quisiéramos saber qué hará un jugador de ajedrez cuando ponen su rey en jaque, así nos deja como lectores esta extraordinaria historia. Te felicito, David Pérez.

  • Goyta Rubio (miércoles, 26. septiembre 2018 11:47)

    Magnífico como cada uno de tus relatos. Esas tus historias plagadas de imágenes de enorme contenido y fuerza expresiva, quiebros en el ritmo y giros inesperados, que se desarrollan ante los ojos del lector que no puede hacer nada salvo rendirse a ese universo tuyo tan personal y diferente a cualquier otro. Como cada vez, como cada siempre, un placer leerte.

Introduce el código.
* Campos obligatorios