Revista Éxito y Pensamientos Success and Thoughts Magazine
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Obras  Literarias  de  Éxito:   Cuentos y Relatos III./   Successful Literary Works: Tales and Stories III.

Tras la edificante novela para todos y, de forma especial, para los adolescentes “El viejo cocinero o Cécile y las estrellas”, Fernando G. Mancha (Granada, España) sigue mostrando su habilidad para jugar con las palabras y su profunda cultura literaria.

LA JOVEN LECTORA,

LA VIEJA BIBLIOTECARIA 

Y MURAKAMI

(o una recomendación de lectura)

 

por Fernando G. Mancha

 

 

La joven lectora, ávida e impaciente, recorre, sin embargo con lentitud, los estrechos pasillos de la biblioteca. De cuando en cuando, se detiene delante de una determinada estantería (en estos instantes acaba de pararse en la sección de Literatura Contemporánea, frente a los autores cuyos apellidos comienzan por CAP hasta otros que lo hacen por DEL) y busca, únicamente con la mirada, algo que ni ella misma sabe, leyendo cada uno de los lomos, cada uno de los verticales títulos, ascendentes la mayoría. A sangre fría de Truman Capote, por ejemplo.

La joven lectora viste pantalones vaqueros, jersey verde de punto grueso, con el cuello vuelto y amplio, y botas marrones de caña corta y tacón mediano, quizás de cuatro o cinco centímetros. Su pelo es largo y rizado, negro y salvaje, y enmarca una cara que, todo en uno, refleja inocencia y madurez. ¿Acaso es posible?

La joven lectora no debe de tener más de veinte o veintiún años. Continúa con su paseo y siente cómo el silencio juega a colarse por cada pequeña rendija, cómo patina en cada estantería y cómo acaricia las páginas de cada volumen.

La joven lectora, ávida e impaciente, suspira mientras su mirada sigue recorriendo los lomos de los libros, altos o bajos, anchos o estrechos, viejos o nuevos, humildes o pretenciosos; ella tiene la cabeza levemente inclinada hacia la izquierda y sus labios, todavía mudos, parecen querer decir algo.

—¿Buscas algo en particular? —le pregunta la vieja bibliotecaria, siempre eficaz, humilde y sosegada.

La joven lectora se sobresalta; no esperaba que nadie rompiera el silencio sepulcral, magnífico, de la pequeña biblioteca. Primero, pues, se asusta y luego, ya dueña de sus emociones, responde:

—No, no sé…, cualquier cosa que valga la pena leer.

—Murakami —sentencia la vieja bibliotecaria.

—¿Cómo? —pregunta la muchacha.

—Murakami —repite entonces—. Haruki Murakami…, léelo, merece la pena, como tú dices. Es un escritor japonés contemporáneo. Tendrá mi misma edad, quizás sea  algo más joven que yo, pero no mucho. El eterno aspirante al Nobel de Literatura. Para mí, es de lo mejorcito, sin duda.

La joven lectora sigue a la anciana archivera que busca, selecciona y escoge un pequeño tomo de una balda que hay junto a su mesa (LECTURAS ESCOGIDAS) y que, a continuación, le tiende.

—Lee este: Tokio Blues. No tiene desperdicio. Narra la historia del joven Watanabe; trata del amor, de la soledad, de la dificultad para encontrar el propio lugar en el mundo, con una narrativa perfecta, limpia, impregnada de belleza, que te envuelve sin remedio. Llévatelo, tienes quince días para devolverlo, hasta el cinco de abril.

La joven lectora, ávida e impaciente, recoge el libro, estudia la portada (una muchacha de espaldas, con camiseta burdeos de mangas de sisa y falda beige, que cruza sus manos por detrás y juega a enredar sus dedos), entrega el carné, espera —ahora pacientemente—, da las gracias y abandona presurosa la biblioteca que, sin su presencia, sin su pelo negro de gruesos bucles, sin su rostro maduro e inocente al tiempo, queda desierta, vacua, deshabitada… de no ser por la vieja bibliotecaria (siempre eficaz, humilde y sosegada).

Cae la tarde. ¡Qué extraño!: la cigüeña vuela bajo, lejos de su nido, lejos de la torre. Han pasado dos días y la joven lectora entra en la biblioteca, que continúa deshabitada. Esta vez, decide no recorrer los estrechos pasillos. En su lugar, se dirige directamente a la mesa tras la cual se parapeta la bibliotecaria y, tras dejar sobre ella el ejemplar de Tokio Blues y saludar a la mujer con un leve movimiento de cabeza y una casi invisible y tímida sonrisa, le dice:

―Por favor, deme todo todo lo que tenga de Murakami.

Y, ahora, es la vieja archivera la que, también de forma apenas perceptible, sonríe mientras busca, selecciona y escoge lo que la joven lectora le ha pedido.

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Libro de visitas

  • Andrés Cano Aoíz (sábado, 18. agosto 2018 18:13)

    Se nota que Fernando G. Mancha es un escritor muy ducho en la materia por todas las referencias que hace de otros libros muy interesantes. Gracias a esta revista por traernos a estos cracks de la literatura.

  • Silvia Romero Argueta (jueves, 30. agosto 2018 01:59)

    Me tenéis enganchadísima con vuestra revista. Todas las noches entro a leeros y veo todas vuestras sugerencias de lectura, que tengo que decirlo me parecen FASCINANTES. Fernando G. Mancha es o debería ser uno de esos ejemplos de lectura obligatoria en los institutos y para los que ya no somos tan jóvenes. Su extensa cultura literaria enamora. Es todo un placer, un inmenso privilegio poder saborear un pedazo de su fantástica obra.

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“ROMA OMA ET”, es un título que nos entrega el novelista peruano Jhonn C. Medina Olivas. No se trata sino de la frase TE AMO, AMOR. Y tiene el sello de Ediciones Ramos de Olivo.

«Siempre que me necesites, solo toca tu pecho y allí me encontrarás.»

 

El amor verdadero es invencible y los sentimientos que surgen en los corazones más puros no se desvanecen ante las adversidades. En medio de unas vidas repletas de injusticias, dolor y desprecio los adolescentes Roma y Yago se enamoran y prometen permanecer unidos hasta el fin de sus días. Cada uno es el bálsamo que alivia los pesares del otro y que mitiga su angustia y su desazón. Pero son demasiado jóvenes y aún carecen del control necesario para conducir sus vidas. La repentina muerte de la madre de Yago marca el inicio para que nada sea como ellos anhelan. Roma oma et es una novela en la que el sufrimiento, la angustia y la desesperanza conviven con la ilusión, el deseo y el cariño en una constante lucha por cambiar sus historias de costumbres arraigadas y la búsqueda del triunfo del amor. En esta historia aparecen como enemigos a vencer: la pobreza, las injusticias sociales, la violencia y las desigualdades entre hombres y mujeres.

 

Era una mañana singular.

―Estará allí ―dijo. Su luminosa mirada se dirigió hacia el infinito como guiando sus suspiros.

―¿Qué? ¿Quién estará allí? ¿Dónde? ―Chami interrumpió a su adolescente hermana.

―¡Ah! Nada. Pensaba en voz alta. Olvídalo ―disimuló Roma.

Ella era una hermosa adolescente de trece años, no muy delgada, cabellos negros mal conservados, carita sucia, de sonrisa contagiosa, ojos color café bien dibujados y un par de lunares al lado izquierdo entre la nariz y los labios.

―Sí… Seguro ―replicó Chami incrédula. Ambas rieron.

Era fin de año.

El calendario marcaba 25 de diciembre de 1995. Los niños corrían por las calles ceñidas y polvorientas de Paraíso disfrutando de la Natividad y de toda la algarabía que acarreaba. Los hijos de Paraíso solían volver para disfrutar de la fiesta en honor al niño Jesús; solo entonces el pequeño pueblo se volvía bullicioso.

(…)

―¿Bailamos?

Oyó una voz familiar. Al virar la cabeza se encontró con el que echaba de menos. Él dejó libre su faz tras alzar el gorro y bufanda con la que se salvaguardaba del frío. Extendió la mano y se dispusieron a bailar.

Roma farfulló y atinó a expresar «sí». Disfrazó su rubor.

Pretendió sortear que su alma se trasluciese a través de sus ojos color café. Agachó la cabeza, pero su sonrisa se extendió como señal de deleite.

Esperó un tanto y, por fin, su acólito se dio el valor de susurrarle al oído.

―Mucha lluvia.

―Sí ―contestó Roma.

Se percató de que las manos le rezumaban. Los pies trepidaron.

El corazón le tiritaba. Los nervios hicieron de ella su imperio. Pese a todo, supo capear la situación. A su manera, rompió el hielo.

―¿Sabes? Me agrada bailar contigo ―dijo él.

―A mí igual ―respondió en voz baja.

―Me gusta tanto como el baile ―siguió Yago.

―¡Ah!, ¿sí? ―Un leve abrir de sus labios alentó a seguir al muchacho.

―¿Cierto que te gusta bailar conmigo? ―preguntó él.

―Sí ―asintió ella, segura de lo que decía.

―Quisiera ser tu pareja para toda la vida ―pronunció Yago, y se quedó con el esternón vibrante de nervios por tamaño atrevimiento.

―¿Cómo así? ―dijo Roma. En su cabeza de adolescente se garabateaban escenas inciertas.

―¿Compartirías tu vida conmigo? ―insistió él. Tenía la sangre pulsando de forma arrítmica.

―No te entiendo. ―Disimuló. No obstante, comprendió lo que el joven pedía, pero quiso oír que articulara de forma tradicional su petición.

―¿Quieres ser… mi… enamorada?

Yago sostuvo las manos de Roma con cariño pero con firmeza, como para evitar que huyera o se alejase al terminar la música.

―Sí, sí quiero ―contestó ella de inmediato.

El universo de la joven se llenó de sensaciones nuevas.

Aquel sí era lo que en su vida añoró, pero, tras el momento, habría preferido que jamás llegase. Su rostro se llenó de rubor y cortedad.

―¡Lo sabía! ―exclamó él. Dentro de sí, sintió estallar millones de fuegos artificiales al compás de sus latidos que enfriaban su estómago.

―¿Qué sabías? ―preguntó Roma, apartando sus manos y acusando con la mirada puesta entre las pupilas de él.

―¿Ah?

Un enorme vació se apoderó de Yago. Se vio sentado en la silla eléctrica a punto de ser ejecutado por la corriente que emanaba de los ojos color café de Roma. Se turbó.

―¿Qué sabías? ―volvió a preguntar ella, intrigada.

―Sabía que... que... aceptarías ser mi enam… ―sonrieron.

El silencio tomó su lugar. Ambos se encontraban en orillas distintas. Habían tendido el puente, pero ninguno emprendía el siguiente paso.

―Tengo miedo de…

 

El amor que iniciado en el primer capítulo se ve interrumpido por la muerte de la madre de Yago, ese acontecimiento, hace que Yago migre de Paraíso, su localidad, a La Gélida.

Esa separación hace que se generen situaciones adversas para ambos personajes y luchan por volver a encontrarse… ¿Lo lograrán? ¡Descúbranlo!

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Libro de visitas

  • Ana María Plasencia Martínez (miércoles, 15. agosto 2018 23:45)

    Buf, qué interesante... ¡¡Me muero por saber cómo termina!!

  • Paula Márquez Gallardón (jueves, 11. octubre 2018 15:14)

    Veo ecos shakespearianos en esta historia de amor, al menos en los nombres de los protagonistas. Me apunto la referencia. Hace tiempo que andaba en busca de algo que me guste y me conmueva. Ésta va a ser la que me regale para mi cumpleaños.

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